¡Azorríllense!: bandolerismo A-Go-Go
Gerardo Australia

Historias para recordar

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Para 1865 –ya con don Maximiliano en los lomos nacionales– salían de la insigne Ciudad de México doce caminos que llegaban a Veracruz, Jalisco, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, Zacatecas y anexas. También…

Manuel Serrano, "Asalto a la diligencia", 1855 (Fuente: Museo Nacional de Historia, INAH).

Lectura: ( Palabras)

Para 1865 –ya con don Maximiliano en los lomos nacionales– salían de la insigne Ciudad de México doce caminos que llegaban a Veracruz, Jalisco, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, Zacatecas y anexas. También había caminos llamados “del interior”, que conectaban lugares más cercanos, como Tacubaya, San Agustín de las Cuevas (hoy Tlalpan), San Ángel, San Juan Teotihuacán, Coyoacán, Xochimilco, etc.

Por ejemplo, un viaje en diligencia de México a Morelia tardaba aproximadamente tres días. Más lejos, digamos a Tepic, podía tardar hasta nueve días. En cambio, si se quería ir a Cuernavaca, Toluca o Pachuca, había que madrugar, pero se llegaba el mismo día en la tarde.

camino a tacubaya
Rumbo de Tacubaya vista desde Chapultepec, 1864. Litografía de Casimiro Castro (Fuente: álbum México y sus alrededores).

La circulación en ese entonces por estas vías era nutrida y siempre había oportunidad de tomar alguna de las “corridas”, excepto los domingos que era descanso obligado. Para un viaje largo los pasajeros tenían que llegar a las tres y media de la mañana a la “terminal”, llamada Casa de Diligencias, situada sobre la hoy calle 16 de septiembre. A las cuatro en punto se abordaba la diligencia, que por lo regular daba cabida a nueve pasajeros. Una vez todos embutidos en la lata de sardina arrancaban, no sin antes encomendándose a San Cristóbal de Licia, patrono de los viajeros.

Del puerto de Veracruz a la capital había corridas diarias, excepto los domingos. ¿Cuánto tardaba y cuál era el trayecto?, Manuel Orozco y Berra, en su Historia de la Ciudad de México, desde su fundación hasta 1864 (1976), comenta: “(…) sin detenerse en ninguna parte más que para cambiar caballos, de Veracruz llega a Jalapa el día siguiente a las siete de la mañana. Allí se almuerza, y a las diez se continuaba el viaje a Perote, adonde se llegaba entre cinco y seis de la tarde. Allí se duerme y al día siguiente a las cuatro de la mañana la diligencia continúa a Puebla, adonde llega a las cuatro de la tarde, debiendo haber almorzado antes los pasajeros en el pueblo de Nopalucan. En Puebla se duerme, y al día siguiente a las cuatro de la mañana sale la diligencia, se almuerza en Río Frío a las diez y media, y a las cuatro de la tarde se llega a México.”

Orozco y Berra
Historiador Manuel Orozco y Berra (Fuente: IMER).

De tanto oír “almuerzo” ya se antoja.

Ahora bien, el negocio de las diligencias era exitoso, y esto se comprueba por el salario promedio de un conductor, que era de 1,440 pesos al año (120 mensuales). Nada mal, si se toma en cuenta que una dama de compañía de la emperatriz Carlota ganaba 4 mil al año. Eso sí, nadie ganaba como Maximiliano, quien llegó a México con un sueldo de 1.5 millones de pesos anuales. Pero don Max no fue tacaño y en más de una ocasión financió de su propia bolsa proyectos públicos, como la construcción completa del hoy Paseo de la Reforma. No como su esposita, poseedora de una descomunal fortuna, que viéndolo ahogado en deudas jamás le prestó ni un florín (en toda su estancia en el país sólo dio un dinerito para apurar la construcción de la Alameda). Además, conforme los sucesos tomaron color de hormiga el sueldo del emperador comenzó a bajar, de tal manera que para principios de 1867 ganaba 10 mil pesos. Pero ése es otro tema.

Regreso. En efecto, en tiempos de Maximiliano el conductor de diligencia ganaba bien, pero en cada viaje él y Sancho (ayudante) arriesgaban el pellejo, y no sólo cruzando ríos azarosos, despeñaderos, puentes quebradizos y caminos con hoyos tan profundos que salían chinos mentando madre, sino porque se la jugaban todos los días ante la amenaza de los pillazos atracacaminos. Nada nuevo bajo el sol.

En un país más golpeado que rodilla de zapatero, el quehacer de la bandolería era mejor opción de vida. Llegó a ser tan próspero el negocio que para mediados del XIX los salteadores eran quienes tenían el verdadero poder en el país. En algunas regiones ponían las reglas del comercio e inclusive hubo ocasiones donde impusieron sus exigencias al mismo gobierno al grito de “¡Incorpóranos, si no! …”. Con tal de llevar la fiesta en paz, el gobierno en turno llegó a contratar a varios bandidos famosos como policía federal, pues al final de todo, la motivación principal de cualquiera de estos pillos era la misma: participar de los beneficios de una sociedad que no le daba oportunidad de prosperar legítimamente.

Bandoleros en México
Litografía de Casimiro Castro, “Ataque a una diligencia”, 1855 (álbum México y sus alrededores)

Como bien apunta Paul Vanderwood en su El bandidaje en el siglo XIX: una forma de subsistir (1981): “Los bandidos no son sólo hombres; también son mitos. La rutina del forajido, su constante fuga de la ley, la ocultación por tiempo indeterminado en escondites carentes de comodidades y el persistente temor a la traición de algún camarada, no parece impedir la admiración de que se les rodea. Tampoco son muchos los bandidos afortunados en el amor; son gente solitaria. En pocas palabras, la vida de los bandidos es trágica, pero este trágico aspecto de su existencia da pábulo a su mito y les vale la inmortalidad.”

Por otro lado, debe tomarse en cuenta que el mismo ejército realista era una pandilla de rateros y asaltantes de alto calibre, que además operaban en conjunto con las bandas de asaltantes en muchas regiones, pactando con caciques, hacendados y políticos por igual, sobre todo a los ambiciosos. Como dice la ley del cerro: todo bandido está en venta. Nada nuevo bajo el sol.

Había muchas clases de vándalos, desde los muertos de hambre, desertores de cuadrilla, hasta los jijosdesu…, crueles y desalmados, como aquel Antonio Rojas y sus Galeanos, en los rumbos de Jalisco. Este bruto quemaba poblaciones enteras y degollaba a los que se negaban a “proporcionarles alojamiento cómodo y comidas sabrosas”. Pero los hubo peores, como un tal Berthelin, “francés racista sediento de sangre, que se distinguía por su afeminada vestimenta, y se adornaba con joyas extravagantes tales como anillos, afeites y perfumes. Mató a cerca de quinientos mexicanos en Colima y en Jalisco. Hubo días en que asesinaba a cualquier mexicano con el cual se topara, independientemente de sus tendencias políticas, tan sólo para probar la superioridad de la civilización francesa.”, vuelve a decir Vanderwood. Por fin en noviembre de 1866 agarraron al “franchute” y después de matarlo le arrancaron un pedazo de cuero cabelludo que se llevaron a Coalcomán para que la gente oliera la pomada que llevaba puesta.

 

Pero también los había del tipo heroico, los favoritos del pueblo, como Heraclio Bernal, el Rayo de Sinaloa, Santanón, de Veracruz o Chucho el Roto, por los rumbos de la capital, a quien la gente lo quería tanto que le pedían se postulara para diputado. Puro Robin Hood en salsa de chile piquín. Un periódico de la época decía que Chucho el Roto era un “bandolero civilizado, sociable, culto, elegante e instruido”. Tres veces se escapó de la cárcel, la última burlando a doscientos soldados. Sólo hasta 1884 lo pescaron, en Querétaro, donde trabajaba como ebanista, asaltaba caminos y transeúntes, a veces vestido de mujer. Se cuenta que dos años atrás llegó a Querétaro disfrazado de turco. Cuando le preguntaron cómo lo descubrieron dijo: “¡Maldita sea! Por mi amor al arte”: estaba en una función de teatro.

También hubo casos atípicos, como el que cuenta un oficial austríaco que vino con Maximiliano: el príncipe Carl Khevenhüller dice en su diario (sin duda uno de los más extraordinarios libros que muestra la vida durante el Segundo Imperio y que hoy se consigue en el Fondo de Cultura Económica) el caso de un malandrín que le gustaba trabajar en solitario y que cada semana, con una pañoleta cubriéndole abajo de los ojos, asaltaba la diligencia que iba a Morelia, hasta que juntó suficiente plata y “decidió cometer su última fechoría, en la cual reveló su identidad al perplejo grupo de pasajeros: ¡era una mujer y la pistola que usaba en sus robos siempre estuvo descargada!”

Al final del trayecto se decía que cuando una diligencia llegaba a la estación con las cortinas abajo seguro la habían asaltado y sus viajeros venían encuerados.

Ahora bien: cuando los asaltantes detenían la diligencia y bajaban a los pasajeros era costumbre que les gritaran: “¡Azorríllense!”. Esto significaba arrodillarse y ponerse boca abajo… ¿qué tiene que ver esto con los zorrillos? Misterio sin resolver.

Una novela indispensable que recrea de manera deliciosa este momento histórico donde el bandolerismo era el deporte nacional es Los bandidos de río frío, del gran Manuel Payno, que además de ser un fiel retrato costumbrista es una verdadera joya de referencia culinaria de la época donde hay hartos almuerzos.

Referencia:

Ortiz, Orlando. Diré adiós a los señores: vida cotidiana en la época de Maximiliano y Carlota, CONACULTA, México D.F., 1999.

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LUIS ENRIQUE AVILA GUZMAN

Muchas Gracias Gerardo. Impresionante como han cambiado los tiempos de traslado de un lugar a otro.

Gerardo Australia

Toda la razón estimado Luis!…de hecho no sé en qué parte del Quijote hay un pasaje que algunos mensos le hacen pasar una mala jugada a Sancho y don Quijote, subiéndolos al “Clavileño”, que era un rústico caballo de madera, vendándoles los ojos les van haciendo creer que vuelan por las nubes y el Quijote creyéndolo todo cree que viaja trepidante…el chiste es que dice que de donde está, Madrid, hace una hora y cacho a Milán, ¡lo que precisamente se hace hoy en día en avión, pero lo dijo hace más de 500 años!…
En fin, que las distancias son eso: quimeras!
Mil gracias por leer y disculpa tanto rollo, jajaja

Gerado A. Brabata Pintado

Como siempre tocayo, excelentemente tratado el apasionante tema de los bandidos. Nada nuevo, dices en varias partes de escrito y desgraciadamente, es así y estamos peor que aquellos románticos días en que a los bandidos se les podía decir o confundir con héroes y no como hoy que son puro “hideputa”, como dice muchas veces Don Quijote, que también citas.Hideputas oficiales, que es lo peor. En fin, un abrazo y adelante Don Monster. Un abrazo

Gerardo Australia

Ah,don Gerardo!, mil gracias por tomarse el tiempo de escribir tan acertado comentario….
Por favor reciba un fuerte abrazo!!

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