El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de Voces México.
Al atardecer del lunes 3 de julio de 1961, el gran PapaHemingway se quitó la vida.
Se reclinó en un sofá en la recámara de su casa solariega en Ketchum, Idaho. Colocó el cañón de su escopeta en el paladar y jaló el gatillo.
Así dijo adiós a las armas y a su generación perdida y se internó en el mar de la eternidad, rumbo a las verdes colinas en donde las campanas siempre doblan a vida y no hay más quinta columna que la de los hombres que han encontrado la luz.
Estaba a punto de cumplir 62 años.
Foto: Redbubble.
Al día siguiente, el Oakland Tribune escribió: “La muerte siguió la vida de Ernest Hemingway como una sombra obsesiva. El tema de la muerte fue su sello distintivo alrededor del cual construyó sus novelas y cuentos. Alguna vez dijo que sólo había un tema para un escritor: la muerte y su evasión temporal, la vida”.
En 1953 recibió el premio Pulitzer y en 1954 el Nobel de Literatura. Son anécdotas. El legado de Ernest es la inmortalidad de su obra. El morbo de quienes le recuerdan sólo por una vida desordenada y caótica no hace mella en su arte.
Después de su muerte, un par de profesores de esos grandes en la crítica y eunucos en la escritura pontificaron que, durante los siete meses anteriores al suicidio, Hemingway había sido un fantasma de sí mismo.
¿Y? Quien haya visitado Finca Vigía en las afueras de La Habana no me dejará mentir: hombres como Hemingway abandonan la carne, pero su energía permanece entre nosotros y nos impregna.
Foto: Yaconic.
Si el lector lo duda, permítame compartir algunos fragmentos hemingweyianos.
Del cuento “Los asesinos”, de Hombres sin mujeres:
“Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacia tres años. Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la misma tanto en la arena como en el café. Recordaba cómo suspiró junto a la afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal embestida. Recordaba el hundir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hombro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda…”
De “Los jóvenes que despiertan al amanecer”, de Androgyne mon amour:
“Los jóvenes que despiertan al amanecer pueden asustarse de ser expulsados con demasiada rapidez de sus protectores sueños de una madre, no recordados. Repentinamente, entonces, pueden sentir la verdadera enormidad de la exposición a la casualidad. La mañana que recién comienza, está colmada de demandas susurradas que ellos sospechan no poder satisfacer. ¿Y en quién pueden confiar suponiendo, temerariamente, que todavía sean capaces de confiar sino en alguien (tú) cuyo nombre ha regresado a la confusión de muchos nombres de anoche? Te miran con precaución mientras te das vueltas y suspiras en sueños. Están envidiosos de ti, de tu sueño, que todavía te protege de los susurros que se hacen más audibles cada instante. Se sientan, con cuidado, en el borde de tu cama, agobiados y temblorosos como viejos sentados en los bancos, tosiendo con tos de fumadores…”
De Por quién doblan las campanas:
“Después se acomodó lo más cómodamente que pudo, con los codos hundidos entre las agujas de pino y el cañón de la ametralladora apoyando en el tronco del árbol. […]
“Cuando el oficial se acercó al trote, siguiendo las huellas dejadas por los caballos de la banda, pasaría a menos de veinte metros del lugar en que Robert se encontraba. A esa distancia no había problema. El oficial era el teniente Berrendo. Había llegado de La Granja, cumpliendo órdenes de acercarse al desfiladero, después de haber recibido el aviso del ataque al puesto de abajo. Habían galopado a marchas forzadas, y luego tuvieron que volver sobre sus pasos al llegar al puente volado, para atravesar el desfiladero por un punto más arriba y descender a través de los bosques. Los caballos estaban sudorosos y reventados, y había que obligarlos a trotar. […]
“El teniente Berrendo subía siguiendo las huellas de los caballos, y en su rostro había una expresión seria y grave. Su ametralladora reposaba sobre la montura, apoyada en el brazo izquierdo. Robert Jordan estaba de bruces detrás de un árbol, esforzándose porque sus manos no le temblaran. Esperó a que el oficial llegara al lugar alumbrado por el sol, en que los primeros pinos del bosque llegaban a la ladera cubierta de hierba. Podía sentir los latidos de su corazón golpeando contra el suelo, cubierto de agujas de pino.”
Foto: Historia National Geographic.
De Un lugar limpio y decente:
“¿Qué temía? No era temor o miedo. Era una nada que él conocía demasiado bien. Todo era nada y un hombre era también nada. Algunos vivían en ella y nunca la sentían, pero él sabía que todo era nada y pues nada y nada y pues nada. Nuestra nada que está en la nada, nada sea tu nombre y nada tu reino y tuya será la nada en nada como es en la nada. Danos esta nada, nuestra nada de cada día y nada a nos en la nada, pero líbranos de la nada; pues nada.”
De Verdes colinas de África:
“Los buenos escritores son destruidos en su país y sus talentos marchitados por exceso de ambición, por los elogios desmedidos, por sus pretensiones de intelectualismo y de superioridad.
“En cierta época de sus vidas, los escritores suelen convertirse en líderes. ¿A quiénes conducen? Poco importa. Si no tienen discípulos los inventan. Y es inútil que aquellos que han sido escogidos como discípulos, protesten. En este caso se los acusa de deslealtad… Hay otros que ensayan salvar su alma con 10 que escriben. Es un medio fácil. Otros, todavía se arruinan por la primera suma de dinero recibida, la primera alabanza, el primer ataque, la primera vez que descubren que no pueden escribir, o bien se asustan e ingresan a asociaciones que piensan en lugar de ellos.
“Piojos de la literatura, gusanos para anzuelo, metidos en una botella, que tratan de derivar conocimientos y alimento de su propio contacto.”
Foto: Rai Cultura.
De Las nieves del Kilimanjaro:
“Yo mismo he destruido mi talento. ¿Acaso tengo que insultar a esta mujer porque me mantiene? He destruido mi talento por no usarlo, por traicionarme a mí mismo y olvidar mis antiguas creencias y mi fe, por beber tanto que he embotado el límite de mis percepciones, por la pereza y la holgazanería, por las ínfulas, el orgullo y los prejuicios, y, en fin, por tantas cosas buenas y malas. ¿Qué es esto? ¿Un catálogo de libros viejos? ¿Qué es mi talento, al final de cuentas? Era un talento, bueno, pero, en vez de usarlo, he comerciado con él.
“—¿Qué estás diciendo, Harry? ¿Has perdido el conocimiento?
“—No. No tengo ni siquiera conocimiento para perder.”
Foto: Revista Praxis.
Foto: El Espectador.
Después del suicidio de Hemingway, Gabriel García Márquez escribió: “Esta vez parece de verdad: Ernest Hemingway ha muerto […] Ha muerto de verdad […] Esta vez, las cosas sucedieron como tenían que suceder: el escritor ha muerto como el más común de sus personajes, empezando por los suyos.”
El artículo de García Márquez, publicado el 9 de julio de 1961, se intitulaba: Un hombre ha muerto de muerte natural.
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Una tarde de mil novecientos treinta y tantos, en el hotel madrileño favorito de los corresponsales de guerra, un hombre alto y desgarbado, mal rasurado y de penetrantes ojos claros, subió a paso cansino las escaleras hasta una de las habitaciones en cuya puerta tocó con cierta indecisión.
—¡¿Quién carajos es?! –tronó del interior un vozarrón.
—Erick Blair –respondió tímido el visitante.
—¡Y a mí qué chin… me importa quién sea Erick Blair!… ¡Qué demonios viene a joder!… –fue el bramido mientras la puerta se abría de golpe y aparecía un tipo musculoso y barbado, con mirada destellante y aliento espeso que se explicaban por la botella de güisqui medio vacía que apresaba en la mano izquierda.
El visitante titubeó un momento. Al ver que el enojo amenazaba con hacer saltar los ojos de aquel sujeto, rápidamente respondió un poco turbado:
—Soy George Orwell…
La mirada del neandertal se transformó, su cuerpo pareció relajarse y casi con ternura exclamó:
—¿Orwell? ¡Carajo! Pasa a echarte unos tragos. ¡Tenemos mucho de qué hablar!
Así se conocieron dos de los mayores escritores en lengua inglesa de su tiempo, Ernest Hemingway y George Orwell, en plena Guerra Civil española. Ambos darían testimonio de ese conflicto fratricida que marcó a una generación que, a riesgo de contradecir a Gertrude Stein, creo que fue la verdaderamente perdida.
En Homenaje a Cataluña Orwell-Blair destilará su desencanto con el totalitarismo disfrazado de promesa de un mundo mejor, en uno de los relatos más conmovedores escritos sobre esa guerra. Su narración desveló la conspiración entre el Partido Comunista Español y el PCUS para destruir al anarquismo español aún a costa del triunfo de la Falange.
Ernest Miller Hemingway, escritor y periodista estadounidense (Imagen: Wikimedia).
El volátil y sanguíneo Hemingway, por su parte, recogió la saga de aquel momento de sangre y pasiones a partir de un compromiso más estético que político en novelas como Por quién doblan las campanas y Al otro lado del río y entre los árboles.
Eric Arthur Blair, mejor conocido como George Orwell, vivió con la convicción de que el mundo se puede cambiar y que si para ello una herramienta poderosa es la letra escrita, tomar las armas resulta más eficaz. Como nuestro Martín Luis Guzmán, estuvo en las trincheras y más de una vez miró a la cara a la muerte. Fue escritor, periodista, corresponsal de guerra y soldado.
Orwell se veía a sí mismo como un luchador social más que un escritor, lo cual lo diferencia de otros de su tiempo como Hemingway, poderoso creador, cierto, pero también sibarita y diletante.
Dice Christopher Hitchens que si Lenin no hubiera acuñado la máxima “el corazón en llamas y el cerebro en hielo”, ésta habría sido el lema heráldico de George Orwell, “cuya pasión y generosidad sólo fueron superadas por su desprendimiento y reserva”.
Percibo a Orwell más cercano a Jack London, cuya obra si bien llega a nuestros días como de “aventuras” o de “libros juveniles”, en realidad buscó impulsar en el mundo de su tiempo el ideal socialista como también lo quiso John Reed. (Por cierto y como nota al calce, London estuvo en México enviado por, creo, el Harper’s Magazine, para reportear la Revolución. Pero en tierra jarocha, paradoja indescifrable, se transmutó en feroz antimexicano el genial autor de El mexicano.)
Por las vías materna y paterna, Orwell era descendiente de aristocracias coloniales en decadencia al servicio de imperios opresores y vivió con la “culpa” de ese origen. Vio la primera luz el 25 de junio de 1903 en Motihari, un poblado de la India. Según apreció su biógrafo Jeffrey Meyers en Orwell, tempestuosa conciencia de una generación, desde su nacimiento el escritor “vivió torturado por una culpabilidad colonial”.
Imagen: Abigail McManaman.
Dice Meyers que Motihari “fue el lugar menos indicado para el nacimiento de ese escritor que fue la quintaesencia de lo inglés […] El lugar y las circunstancias de su nacimiento fueron factores cruciales en la vida de Orwell. Fue educado para creer en lo justo de la dominación inglesa sobre la India y de joven sirvió a la administración colonial. Pero su herencia contenía la semilla de su propia destrucción. Con el tiempo abandonaría su odioso empleo para condenar la maldad del imperialismo”.
Su padre, Richard Blair, fue empleado del departamento de opio del gobierno colonial de la India, donde al cabo de 32 años logró ascender de subagente auxiliar a subagente primer grado. Su madre, Ida Mabel Limouzin, creció en medio de riquezas y estuvo comprometida con un atractivo e inteligente joven… quien puso pies en polvorosa apenas supo de la bancarrota de su futuro suegro.
Por lo tanto (para fortuna nuestra), Ida tuvo que conformarse con Richard, el insignificante burócrata. Se establecieron en Motihari y a la primera oportunidad Ida se acogió a la costumbre colonial de llevar a los hijos de regreso a la Madre Patria para inscribirlos en la escuela y nunca regresó a la India.
En otras palabras, escapó en cuanto pudo e hizo su propia vida, alejada del marido e incluso de sus hijos. Cuando años después Richard se jubiló y regresó a Inglaterra, vivieron en la misma casa en recámaras separadas.
Modesto Suárez dice de Orwell que “educado en el prestigioso Eton College, tuvo a lo largo de su vida una serie de experiencias que lo acercaron a los desheredados, a los sin poder. Trabajó cinco años en la Policía Imperial India en Birmania, donde conoció de primera mano la fuerza del dominio colonial. Más tarde, vivió en la pobreza en París, ciudad donde enfermó por debilitamiento, y posteriormente convivió con las clases trabajadoras en Lancashire, Inglaterra. Orwell quiso vivir como lo hacían los sectores más pobres de la sociedad para descubrir su mundo, cosa que hizo en dos libros: Sin blanca en París y en Londres (1933) y El camino de Wigan Pier (1937)”.
Bernardo González Solano juzgó que “Como todo gran personaje de la cultura que se precia de serlo, George Orwell también tuvo sus claroscuros que, a pesar de todo, no logran empañar su imagen en la posteridad. Así, por ejemplo, hay algunos apuntes sobre el oscurantismo de una época de confusión que marcó su literatura: ‘Lo que he visto en España no me ha hecho un cínico, pero me hace pensar que el futuro es tétrico… No estoy de acuerdo, sin embargo, con la actitud pacifista como creo que lo estás tú (carta dirigida a Rayner Heppensthall, el 31 de julio de 1937). Aún creo que es necesario luchar a favor del socialismo y contra el fascismo… quiero decir luchar físicamente y con armas, aunque hay que saber quién es quién’”.
Imagen: Raquel Pérez Alonso.
De nuevo Seara: “Como otros grandes intelectuales, George Orwell decide incorporarse a las Brigadas Internacionales para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil Española. Orwell combatió al lado de los anarquistas y pasó un poco más de tres años en las trincheras del frente de Huesca, donde fue herido por un francotirador. La experiencia española (o será mejor decir catalana) fue para Orwell rica en enseñanzas políticas. Ahí pudo ver de primera mano el fascismo y conoció la fuerza y los métodos empleados por los grupos alineados al estalinismo: las campañas de desinformación, las persecuciones (de las cuales Orwell apenas escapó), los arrestos ilegales, las torturas y las desapariciones. De estas experiencias nace la obra Homenaje a Cataluña […]”.
Rebelión en la granja y 1984 son quizá dos de las obras más conocidas de Orwell-Blair, dentro de una larga relación que incluye, además de las mencionadas arriba, Días en Birmania (1934), La hija del reverendo (1935), Que vuele la aspidistra (1936), Disparando al elefante y otros ensayos (1950) y Ensayos Completos: Periodismo y Cartas, publicación póstuma (1968).
El primero de enero de 1984, en una suerte de ritual político-literario, camaradas de mi generación y yo releímos el libro homónimo de Orwell con la idea de contrastar su trama con los tiempos que vivíamos en México. Ese año en la radio y la televisión de muchos países hubo producciones en homenaje al visionario escritor, periodista y luchador social. En México, la Dirección General de Televisión Educativa produjo una versión sobre 1984 transmitida por el canal 11 que estuvo a la altura de las series de la BBC. Lamentablemente no tuvo continuidad en calidad de producción.
Ese comienzo de año me pregunté qué habría sido de “Bola de nieve”. ¿Lo recuerda? El simpático cerdito que cayó de la escalera cuando a la inmortal frase Todos los animales son iguales, plasmada en el costado del granero, añadía el no menos imperecedero colofón: Pero unos son más iguales que otros … para justificar la dominación de la raza cerduna sobre el resto de los bípedos y cuadrúpedos que soñaban con un mundo mejor, a salvo de la opresión humana, en Rebelión en la granja.
Es posible que el lector se pregunte por qué pensé en “Bola de nieve” y no en Winston Smith, el personaje central de 1984. La razón es que in illo tempore estaba convencido de que la maldad tiene más posibilidades de triunfo que la bondad. En otras palabras, que en la lucha entre el bien y el mal, el primero con frecuencia se lleva la peor parte.
Por fortuna el tiempo me demostró que Orwell tuvo razón: la palabra y la acción política son las mejores armas para combatir la maldad y la opresión de los totalitarismos.
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Una de las más recias e imponentes personalidades literarias del siglo pasado fue sin duda Ernest Hemingway, Papa, el poderoso escritor estadounidense cuya obra y vida siguen deslumbrando a lectores en todo el mundo.
Reportero, chófer de ambulancia en la Primera Guerra Mundial, taurófilo irredento, pescador, soldado, mujeriego… pareciera que la vida de este brillante y atormentado autor fue una novela en permanente construcción. Como muy pocos, Papa, así, sin acento, vivió su propia obra, y creo que ello contribuyó a que muchos de sus libros estén considerados como clásicos de la literatura en lengua inglesa.
Hace unos días conmemoramos el 59 aniversario luctuoso de este integrante de la generación perdida que nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois y se quitó la vida el 2 de julio de 1961 en Ketchum, Idaho. Dicen que el brutal tratamiento de electrochoques a que fue sometido en la Clínica Mayo para curarle su neurosis lo llevó a meterse el cañón de una escopeta en la boca y jalar el gatillo. Yo creo que Papa sencillamente decidió darse un final de novela… de novela de Hemingway. Tenía 62 años y dejó sin publicar tres mil páginas de manuscritos.
En homenaje a la memoria del autor de Por quién doblan las campanas, es un honor compartir con mis lectores la espléndida crónica sobre “las muertes” del escritor publicada tiempo ha por mi colega Michel Porcheron en Granma Internacional:
Ilustración: Chad Hagen.
Con algo de retraso en menos de 24 horas, las redacciones del mundo entero recibían el mismo télex: había muerto el escritor estadounidense Ernest Hemingway. Se desencadenaba la ola de artículos necrológicos. El Coloso de Illinois, obsesionado por la muerte, había encontrado finalmente la suya.
“En el mundo entero, Hemingway fue enterrado con bombo y platillo”, escribía entonces el diario francés Le Monde. En “Hemingway vs. Fitzgerald”, Scott Donaldson escribe que Hemingway “alcanzaba la cumbre de la gloria cuando se anunció su muerte por todos los periódicos del mundo”.
La conmoción fue considerable e intensa para todos, de Pamplona a La Habana, pasando por Oak Park y París. No fue así, sin embargo, para el propio interesado… quien, en aquellos días finales de enero de 1954, se enteró de su propia muerte al leer, con cierto divertido placer, la prensa nacional y extranjera en Entebbe y Nairobi. “Aquello le provocó el extraño placer de leer sus propias notas necrológicas. En buena parte de las mismas se subraya que, durante toda su vida, él había ido deliberadamente al encuentro de la muerte”, escribió en mayo de 1982 el periodista y escritor cubano Lisandro Otero. “Sus heridas fueron lo suficientemente graves como para echarle a perder el placer de leer su propia necrología”, dice por su parte Scoot Donaldson. Durante el segundo accidente, en efecto, “estuvo a punto de sucumbir de numerosas lesiones”. “Se dio el lujo de salir vivo de dos accidentes aéreos seguidos”, comentó con humor Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura y autor de “Hemingway, el nuestro”, convertido en texto de referencia como prefacio del libro-reportaje “Hemingway en Cuba” del cubano Norberto Fuentes, especialista de Hemingway en los años 80, antes de dejar a Cuba para radicarse en Miami.
Durante más de tres días, “Hem” o “Papa”, como lo llamaban sus amigos, fue dado por muerto en algún lugar de la región donde nace el gigantesco río Nilo, en la zona de los Grandes Lagos de África Oriental. Lo acompañaba su esposa, la periodista Mary Welsh. No era la primera vez que la noticia de su muerte daba la vuelta al mundo. En mayo de 1944, mientras estaba en Londres, Hem había perecido, según la prensa, en un accidente automovilístico.
Ernest Miller Hemingway, escritor y periodista estadounidense (Fotografía: Reddit).
En ese fin de enero de 1954, hacía ya varios meses que Hemingway se encontraba en África, proveniente de Marsella. El 21 de enero, después de un safari, Hemingway alquila un monoplano Cessna de cuatro plazas pilotado por Roy Marsh, un estadounidense establecido en África, para realizar un paseo de exploración sobre el lago Tanganica, Kenya y Uganda, con el Kilimanjaro como telón de fondo, según el relato del francés Pierre Dupuy en “Hemingway et l’Espagne”. Pasa la noche con sus acompañantes en Bukavu, antiguo Congo belga. Al día siguiente, sobrevuelan el Sur del lago Victoria y, más tarde, los lagos Eduardo y Alberto. El día 23 siguen el Nilo Blanco hasta su nacimiento en el lago Alberto y sobrevuelan después las cataratas Murchison, entre los lagos Kyoga y Alberto, pero, a causa de una mala maniobra de Marsh, el avión choca con unos viejos cables telegráficos al sobrevolar la garganta y el piloto se ve obligado a hacer un aterrizaje forzoso a 5 kilómetros de las cataratas. Los pasajeros logran salir de los restos del aparato. Como el radio está averiado, precisa P. Dupuy, pasan la noche en el lugar del accidente. A la mañana siguiente, logran atraer la atención de una lancha de recreo que navega por el lago Victoria (se trata, al parecer, de la lancha que se utilizó en 1951 en el legendario film “The African Queen”, de John Huston). Llegan a Butabia donde Hemingway alquila otro avión, un De Havilland Rapide de doce plazas, pilotado por un tal Regie Cartwright. Pero el avión ni siquiera llega a despegar sino que se estrella y se incendia al final de la pista… Y de nuevo todo el mundo sale ileso… aparentemente. Un equipo de ayuda, después de llegar al lugar, los lleva en auto a Masindi, entre Butavia y Entebbe. Al día siguiente llegan a la capital ugandesa y, más tarde, a Nairobi. Es allí donde Hemingway lee en la prensa la noticia de su muerte y, ulteriormente, la de su… resurrección. Aunque se salvó dos veces, Hemingway quedó seriamente afectado y, durante el resto de su vida, sufrió algunas secuelas de las lesiones sufridas.
Según uno de los biógrafos de Hem –Carlos Bake–, además de una fuerte conmoción cerebral, el escritor sufrió serias lesiones “del hígado, del bazo, en un riñón, pérdida temporal de la visión del ojo izquierdo, pérdida de la audición del oído izquierdo, aplastamiento de una vértebra, esguince del codo derecho, del hombro izquierdo y de la pierna izquierda, incontinencia esfinteriana y, para terminar, quemaduras de primer grado en el rostro, los brazos y la cabeza”.
Ilustración: Nicolas Aznarez.
El 26 de enero de 1954, Le Monde señalaba que, después del primer accidente, “la búsqueda comenzó inmediatamente, un avión de la línea Argonaut describió y sobrevoló el avión accidentado y comprobó que estaba vacío. El piloto anunció su descubrimiento, sin más comentario, y prosiguió su ruta hacia El Cairo. Su mensaje desencadenó la tempestad… La jungla, el gran río y las cataratas vecinas, las incontables fieras que merodeaban… ¡Qué marco para la muerte de un gran novelista de la aventura! Pero, qué reportaje también, o qué noticia, para el escritor que se encontraba a salvo”. El autor del artículo, que no estaba firmado, tenía toda la razón. La revista Look publica el 20 de abril y el 4 de mayo “El regalo de Noel”, artículo que relata los dos accidentes, firmado por… Ernest Hemingway. Una pequeña obra maestra, al estilo de su ilustre autor, entre falsa ingenuidad y verdadera burla.
“En su habitual pose de hombre invulnerable, le dijo a los periodistas que nunca antes se había sentido tan bien. En realidad, nunca había estado tan mal”, escribe Carlos Baker.
No por ello dejó a África. El 22 de marzo está en Venecia. Y es el 28 de octubre de 1954 que Hemingway se entera de que le ha sido otorgado el Premio Nobel de Literatura. Para entonces, se encuentra ya en Cuba, en su Finca Vigía y decide no asistir a la ceremonia de entrega del premio, en Estocolmo.
Gabriel García Márquez escribió que, aquel día de enero de 1954, “la muerte no podía ser cierta. El equipo de socorro lo encontró alegre y medio borracho, en un calvero, cerca del cual merodeaban varios elefantes. La obra misma de Hemingway, cuyos héroes no tienen derecho a morir sin haber sufrido durante cierto tiempo la amargura de la victoria, había desacreditado por adelantado ese tipo de muerte, más propia del cine que de la vida”. Después del suicidio de Hem, el domingo 2 de julio de 1961, en Ketchum, Idaho, Gabo, el periodista, escribió: “Esta vez parece de verdad: Ernest Hemingway ha muerto (…) Ha muerto de verdad (…) Esta vez, las cosas sucedieron como tenían que suceder: el escritor ha muerto como el más común de sus personajes, empezando por los suyos”. El artículo de García Márquez, publicado el 9 de julio de 1961, se intitulaba: “Un hombre ha muerto de muerte natural”.
El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de Voces México.
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