Agua Salada, una crónica de supervivencia (Parte III)

A escasos 400 metros de la orilla los altoparlantes del barco empezaron a repetir la misma instrucción hasta la saciedad.


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Mauricio Jalife

Encerrado en un Círculo

Día 8

Lo primero que vi cuando desperté fue a Karen sentada en la mesa del camarote escribiendo en el cuaderno. Hizo una pausa, volteó, me lo barajó para acreditar que él mismo estaba por terminar sus hojas, y me dijo que con la información que yo le había traído llevaba ya dos páginas reportándolo a los demás. Mientras regresaba a su tarea, por primera vez desde el inicio del caos, el anuncio que repetidamente daban por los altavoces –y que habíamos dejado de atender– cambió:

—“A partir de hoy, las raciones de comida y agua serán reducidas a la mitad, favor de racionarlas al máximo”.

—Karen se limitó a mirarme y decirme con un dejo de sonrisa: “no te preocupes, te daré de mi parte, yo no como demasiado…”.

Pasamos el día esperando la nueva ración y alguna noticia nueva del exterior sin sobresaltos… y sin comida. Ahondamos en conversaciones sobre nuestras vidas, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestras expectativas y nuestros miedos. El camarote se había convertido en un pequeño reducto en el que dos personas extrañas, de puntos opuestos del mundo, flotando en medio del mar, estaban dispuestas a hacerse mutuas confesiones en busca de la liberación de cargas, de recuerdos inservibles, de culpas y de miedos.   

Al llegar la noche algo había cambiado en el barco, había cierto silencio, cierta expectación diferente a los días previos, cierta calma, y mucha hambre. La comida de todos los días no había llegado, lo cual marcaba un punto de preocupación particular. Karen sacó de algún lugar un par de barras de chocolate que había llevado consigo y que fue como una cena en el mejor restaurante del mundo. Afuera, a lo lejos, la estela de luz de la luna se reflejaba en el mar hasta nuestra mirada, sugiriendo un camino hacia un mejor lugar.

Me dispuse a dormir pesando en la suerte que habrían corrido mis compañeros de viaje, especulando furtivamente en que sería, posiblemente, una de mis últimas noches en el mundo, cuando sentí algo hasta ese momento imprevisto. El cuerpo de Karen, detrás de mí, abrazándome como mejor pudo y pidiendo permiso para acurrucarse a mi lado. “Si hay virus no te preocupes, llevo 8 días sin ver a nadie… soy covid free”.

secreto en el camarote
Imagen: Anna Hagen.
Día 9

La llegada del cuaderno, por la mañana, trajo noticias sorprendentes. Alguien de los que repartía comida había informado a uno de los vecinos que la situación era ya insostenible, que la comida se había terminado y el agua escaseaba, y que cosas muy graves sucederían en las próximas horas. Si había algún plan de escape, había que ponerlo en marcha de inmediato. El cuaderno viajó y viajó de lado a lado innumerables veces hasta lograr un consenso entre los integrantes del grupo. Todos se concentrarían en el balcón del extremo sur, para desde ahí trepar con cuerdas a uno de los botes salvavidas que se ubicaba unos 3 metros arriba, para tratar desde ahí de descolgarlo al mar y huir.

Un plan parecido al que había seguido Isabel, cuyo final desconocíamos, pero del que teníamos indicios de que habría fracasado. No habían muchas más opciones. Sin agua y sin comida lo siguiente en el barco era la anarquía total, la guerra salvaje entre grupos para tratar de sobrevivir.

En las horas siguientes nos concentramos en preparar la huida, pactada para las 4 de la mañana. Había que llevar todas las provisiones posibles, cosas para cubrirse del sol, papeles personales, cubrebocas, medicamentos, todo aquello que pudiera servir como arma, y dejar cartas explicando la decisión, para el remoto caso de que nuestros familiares pudieran algún día recibirlas.

En mi caso, tenía que intentar entrar en contacto con Juan, que debía permanecer en mi camarote, y convencerlo para tratar de escapar con nosotros. Ahora sí, el tiempo se agotaba y no se veían otras opciones. Pasé de balcón en balcón hasta el punto que consideré más cercano a mi camarote, salí y corrí por el pasillo hasta llegar al lugar. Toqué y toqué sin respuesta, traté de entrar con mi llave y estaba desactivada. Tuve suerte, no me cruce con nadie en el camino. Regresé sobre mis pasos con la zozobra de la incertidumbre.

Cuando regresé, cansado y abatido, informé a Karen sobre el resultado y me acosté a descansar para acometer el plan de escape en 3 horas más. Otra vez Karen se acomodó a mis espaldas y me reconfortó. Sin saber cómo consumimos las últimas horas en besarnos y hacer el amor hasta media hora antes de la hora final. En la vida siempre supe que cuando uno desnuda su alma ante una mujer, desnudar el cuerpo es ya solo cuestión de tiempo y circunstancias. Y Karen y yo nos habíamos desnudado por completo casi desde que nos conocimos. Fue estrujante pensar en que, para ambos, era una despedida sin tener idea de si al menos podríamos ver el siguiente amanecer.  Afuera del balcón estaba la noche, que no era el miedo en sí, sino sólo el lugar en que éste habita.

Día 10

No pudimos dormir, a las 3 de la mañana debíamos iniciar el camino entre balcón y balcón para llegar al punto desde el cual podríamos trepar hacia el bote salvavidas. Justo antes de partir cambié de opinión. No supe por qué, no tenía una razón elaborada, no hacía sentido, pero algo me decía que era mejor quedarme donde estaba. Traicionar mi intuición, que siempre me había servido, era lo único que no podía permitirme.

intuicion
Imagen: Gérard DuBois.

—Lo siento Karen, no voy, aquí me quedo, prefiero esperar.

Insistió 5 minutos y desistió, tenía que iniciar el camino o la dejarían atrás.

Nos deseamos suerte, nos cruzamos números de contacto, nos abrazamos como viejos amigos y prometimos vernos pronto en tierra, cuanto todo esto hubiese terminado. Y se fue.

Mi primera sensación fue que estaba dejando ir la única oportunidad que me quedaba de escapar de la caja flotante, pero ya era tarde, ya ni queriendo podría alcanzarlos. Me senté en el balcón, tratando de identificar diferencias entre el negro de la noche y el negro del mar, y esperando para ver si alcanzaba a identificar alguna luz o sonido del bote escapando hacia tierra segura. Nada. Me quedé esperando hasta que el amanecer me faltó al respeto con un sol quemante frente a los ojos, anunciando un día más de calor sin aire acondicionado.

Sin nada que hacer, sin comida, sin agua, sin libros, sin nadie a mi alrededor me recosté mirando al techo y sentí un mareo, algo se había movido ajeno a mi voluntad. Un primer impulso, y luego otro, y otro más. El barco, el barco se estaba moviendo. Los gritos de otros camarotes identificando el movimiento me confirmaron esa inconcebible noticia. El barco avanzaba. Salía al balcón a buscar la espuma de la estela del barco, y aunque apenas incipiente, ya se anunciaba el vaivén del casco del crucero rompiendo las pequeñas olas.

Toda mi energía, mi atención, mis pensamientos y mi voluntad estaban puestos en que el barco debía seguir avanzando. Un nuevo anuncio en los altavoces empezó a dar forma a una realidad que nos había abandonado por 10 días, el anuncio empezaba diciendo: “Les habla el capitán…”.

Sin explicar nada se limitó a decir que habíamos sido autorizados para avanzar hacia puerto en la isla de San Cristóbal y Nieves, a donde deberíamos estar llegando en aproximadamente 5 horas. Se nos pedía no salir de nuestros camarotes y esperar nuevas instrucciones. Por ningún motivo debíamos salir de nuestros camarotes. No importaba nada, la inminencia de estar en tierra en 5 horas era una información difícil de procesar. Los gritos de alegría de otros pasajeros y el llanto de otros confirmaba que no estaba sufriendo alucinaciones. Para ese momento, además, la velocidad del barco ya era notable.

Pensé en ir a mi camarote por mi maleta y ver si encontraba a Juan, pero me pareció un riesgo innecesario cuando la solución estaba a la vista. Ya habría tiempo de buscarlo, o en su caso nos veríamos “abajo”. Reparé entonces en la palabra “abajo”, que de todas las del idioma español se convertía en la más bella: “abajo”, “abajo”, “abajo”.

altoparlante del camarote
Imagen: Pinterest.

Cuando empecé a identificar, a lo lejos, el perfil de ciertas breves montañas mi corazón dio un vuelco. Era un hecho, nos estábamos acercando a tierra y podríamos salir de la trampa mortal flotante. No más hambre, no más sed, no más pensamientos suicidas. No más agua salada en la piel.

A escasos 400 metros de la orilla los altoparlantes del barco empezaron a repetir la misma instrucción hasta la saciedad.

—Nadie deberá salir de su camarote. Para abandonar el barco debemos esperar autorización de las autoridades locales, y llamaremos camarotes de dos en dos hasta desocupar el navío. Cada persona debe llevar sus pertenencias.

No importaba. Nada importaba. Después de 11 días de incertidumbre, esperar unas horas más, ya con la tranquilidad de estar en tierra era sólo un breve estirón adicional a la reserva de paciencia. Tocamos tierra, aunque me tocó del lado del barco en el que no era posible ver hacia la isla, pero podía ver el puerto y parte de la ciudad a lo lejos. De alguna manera nuestro secuestro había terminado y nos estaban liberando.

Prendí mi celular, no había señal, por lo que lo volví a apagar para no gastar lo que me quedaba de pila. Ya habría oportunidad de encontrar señal en tierra. Después de dos horas de espera, por fin la voz en las bocinas empezó a dictar los números de camarotes cuyos ocupantes podrían ya salir. Dos minutos después otros dos, y dos minutos después otros dos. Hice cuentas, con el número que tenía debían pasar unas 3 horas más para que llegara mi turno. 

A veces la voz paraba y no llamaban a nadie, lo que fue demorando la salida por horas y horas. La secuencia era extraña, porque había ciertos números de camarotes que simplemente, eran saltados. Dormitaba entre llamados y llamados, tratando de identificar una secuencia que me permitiera un mejor pronóstico de mi momento de caminar hacia la libertad.

Continuará…

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